Taxista...¿Y si?

El otro día cogí un taxi en Madrid. A los más jóvenes les diré que son esos coches con una lucecita verde sobre el techo: si les saludas, paran y te llevan donde digas, a un precio/hora similar a la prostitución. La idea no es mala: cuando quieras sales a la calle y detienes un vehículo con chófer. Pero el libre mercado hace tiempo que ha ideado la forma de que el cliente llame y tenga un coche a su disposición en el momento deseado y que le lleve a donde quiera, por una tercera parte del precio del taxi normal. Recuerdo cómo me impactó ese servicio en Londres la primera vez, allá por el 91.

No se cómo salió poco a poco el tema de la corrupción en la conversación (en el taxi de Madrid). Le comenté que hacía poco, en mi ciudad, se habían cambiado los semáforos del centro y, rascando, te enterabas de que la empresa que los suministraba era de un parlamentario. “Aquí igual” me dijo.

Me contó por encima el tema del taxi. Resulta que para cambiarse de coche le exigían una serie de cosas, entre ellas el cambio de contador. Un contador cuya distribución homologada (o autorizada o monopolizada) era de una empresa de un familiar del ayuntamiento. Siguió con las luces del techo, del que se exige un modelo en concreto que tiene alguien en exclusiva. Le obligan a llevar una chapa braille (no así a los autobuses) y el ayuntamiento fija sus días de vacaciones. Todo esto, siendo autónomo: pagando cada mes un dineral por trabajar. Habiendo pagado la licencia del taxi como si fuera una casa.

De repente llegan unos tíos, sin coches ni nada, ni licencias ni historias, que te cepillan el negocio en dos días. El cabreo es normal.

Tuve que comprar una férula una vez, promocionada por la seguridad social. No recuerdo el precio que pagué, que fue escandaloso, porque me lo borró el precio que pagaba la S.S., unos 200€. Una férula es un trozo de plástico que se adapta a una extremidad, en este caso el brazo. Un trozo de plástico, que podrías imaginar encontrar en una tienda todo a 1€ por unos 3€, 6€ si es de calidad: un plástico duro y con altavoces para el teléfono. En ese momento asalta el pensamiento: “La sanidad pública no es un negocio.”

Todo esto son negocios copados por la licitación y el monopolio, la homologación y la supervisión. Sectores corruptos que venden legislación, ese es su producto. Huele a kilómetros y todos lo saben. ¿Habéis oído la frase de que Über es tan buena que se conoce el nivel de corrupción de la sociedad en función de lo que se proteste por implantarlo?

Los taxistas, pues, salen a defender su negocio. Reclaman el mismo trato ante la ley que la competencia. Salen a quemar coches. Su rabia, en realidad, es contra el legislador. Los taxistas no desean limitar la posibilidad de prosperar de sus congéneres. No desean limitar la libertad de aquel que tenga coche y necesidad, o voluntad, de hacer negocio con el. Lo que desean es que el legislador, que hace negocio a su costa y limita su posibilidad de negocio, trate a todos por igual.

Por eso no deberían salir a quemar los coches de los conductores, porque su rabia no es contra ellos. Por eso yo no agredí físicamente a la vendedora de la ortopedia que me vendió la férula, porque mi rabia no iba con ella. Los taxistas, lo que quieren en realidad, es quemar el ayuntamiento con los políticos dentro.

Así, poco a poco y con aislamiento, los políticos nos llevan de la coacción a la tradición. Pasadas unas generaciones, el síndrome de Estocolmo afecta a los formadores y en las escuelas se regula el traspaso de la doctrina. El miedo nos hace enfrentarnos entre iguales en vez de contra el esclavista. El esclavista nos da techo y comida.

Mi consejo a los taxistas es que olviden aquel tiempo de trabajo seguro, la competencia es insalvable. Si la eliminan, será a costa de unas tarifas tan altas que serán un servicio residual. Cambien de objetivo y observen al verdadero enemigo: el legislador. Es aquel que le dice lo que no puede hacer. Si tienen miedo porque al legislador lo defiende la policía armada, hay otras soluciones.

Traspasen su licencia ahora que están a tiempo, al precio que sea. Con la mitad, inviertan en un coche y en montar una pequeña empresa de transporte, principalmente de personas. Reduzcan sus costes un 80% y cobren un precio razonable y conocido, si es posible, con antelación. Cuando hayan hecho esto dejen de quemar coches y permitan a los ciudadanos aliviar su bolsillo y la libertad de ganarse la vida como se pueda.

No hay mejor manera de entender la vida que pensando qe no hay trampas, porque en realidad no hay ley. Asumir los cambios del mercado es lo que propone el capitalismo. Constituir lobbies de presión para la compra de legislación es un acto corporativista. El corporativismo es una de esas formas de organización política que no llega a los titulares aunque está presente por todas partes. El lobby taxista no tiene millonarios, en vez de luchar en el despacho lucha en la calle.

Ellos tienen una ventaja de inicio para ser conductores de Über: conocimiento, coche o clientes habituales. Deben liderar el cambio y dar la espalda a sus políticos. Que se queden las zonas reservadas en aeropuertos y estaciones, y aquellos que no participen en su mantenimiento que no puedan usarlo. Pero que devuelvan a los ciudadanos el carril taxi, mientras dejan de pagar cuota de autónomos.

El trasporte público es uno de esos monopolios con los que he crecido y, por tanto, son menos llamativos. Pero autobuses y coches están copados por los ayuntamientos. Libre competencia. ¡Cuánta gente estaría deseando dar vueltas en coche en vez de estar en paro prolongado!


Follow Us
  • Twitter Black Square
Recent Posts
Search By Tags
No hay tags aún.