El Valor del Oro

Resulta sorprendente y divertido asistir a las discusiones entre detractores y defensores del oro como dinero. Suelo escucharlas con el asombro de un niño. Me maravilla que las mismas preguntas que le hacía a mi madre no estén resueltas en realidad. Incluso ocupa el tiempo de premios nobel o de los comentaristas económicos más importantes.

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Mi primer contacto con ese debate fue en un aeropuerto internacional. La revista Forbes llevaba en portada uno de esos artículos: 100 maneras de hacerse millonario… claro, pensé que alguna me valdría, pero no. Lo que leí en primer lugar fue la editorial, ya que sentí que leer la editorial del Forbes en una terminal internacional era lo más cerca que se podía uno sentir de la élite financiera. No sabía que me iba a encontrar a uno de los firmes defensores de volver al dinero sonante (sound money). De la primera sorpresa a volver a enamorarme de la economía gracias a gente como Rallo o Rothbard no pasó mucho tiempo.

Pero el debate del oro sigue estando ahí bajo unos argumentos, a mi modo de ver, trasnochados. Lo que más me revuelve es la discusión sobre el valor intrínseco del oro, sobre si lo tiene o no.

Para mi está muy claro: el oro no tiene valor ninguno. Para nada práctico servía y no tiene, pues, valor evolutivo. El oro de por sí nada produce. Como el gobierno, mantenerlo cuesta dinero. Tampoco tiene valor un manzano ni una manzana. Ni el trigo, ni nada. La razón de que no se defina el valor en economía es porque tal cosa no es un concepto económico, no existe.

El valor es una cualidad psicológica. No existe si no lo proyecta un ser vivo. El valor y su entrega depende, pues, de los seres vivos que necesitan de él. El valor, por tanto, no puede otorgarse al receptor, sólo al emisor. Sólo se puede hablar del valor que tal persona le otorga a tal cosa. Jamás del valor que tal cosa posee o, en ningún caso, valor intrínseco.

El oro no sacia el hambre, no mejora la fertilidad. El oro no aumenta la supervivencia. El oro no consigue nada de por si. Si alguna materia tuviera valor intrínseco, el oro estaría muy alejado de serlo.

Pero la mente humana se distingue de la animal por la sublimación. Somos capaces de inferir soluciones. El oro sublima la solución a nuestros problemas de valores relativos. El valor relativo que cada ser implicado en un intercambio comercial otorga a cada elemento intercambiado se plasma en el precio, se sublima en el precio. La materia que mejor sublima el precio es el metal precioso: el oro o la plata. De entre ellos, el oro tiene aún menos utilidades prácticas que la plata y mejor conservación, mejorando así su disposición para estas prácticas.

El oro cumple a la perfección las características deseadas del dinero. Es fungible, homogéneo, fácil de almacenar y auditar, no merma y funciona como reserva de valor. De alguna manera, sin medios de comunicación masiva, la humanidad se puso de acuerdo en utilizar ese metal inútil como la manera perfecta de intercambiar bienes. Precisamente porque ese metal amarillo no servía para ninguna otra cosa más. Resultó que además ha permitido conocer la evolución monetaria de los imperios. Ha servido para limitar el poder de los gobiernos sobre los gobernados.

El oro es, sin duda y por razones no expuestas aquí, el mejor dinero que existe. En realidad, el único dinero, quizás junto con la plata, todo lo demás es divisa. Pero no tiene valor ninguno per se. Lo mejor es que no lo tenga.


Originalmente publicado en Libertarios


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